Él sabia donde estaba el cadáver, Pedro Ruiz dormía apaciblemente en su colchón relleno de paja, acurrucándose en la almohada llena de pelo de perro chitsue. Se movía en las sabanas cochinas, sin importarle las manchas de sangre que dejó la travesía de esa noche.
“Estamos consternados, no sabemos donde está” dijo Doña Joaquina, vecina de su fallecida madre, quien cuido de él por años, soltó algunas lágrimas y abrazó a su pequeña nieta de 5 años.
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